Propinas: voluntad o tradición

Es prácticamente un hábito, que al salir a un restaurante o un bar, se deje un porcentaje de remuneración económica a la(s) persona(s) que nos haya(n) atendido. Pero, ¿es acaso obligatorio dejar propina? ¿es mal visto si uno no deja propina? ¿que criterios se utilizan para decidir sobre la propina y su porcentaje? Al menos en mi “bella Tijuana”, me he topado con que no solo se espera que uno deje propina en todo establecimiento de alimentos y/o bebidas (desde el restaurante fancy en el distrito gastronómico, o el bar nice en la recta de La Chapu, hasta el puesto de tacos de la esquina con su especialidad de –can al adobo-), sino que también hay que “propinar” a los despachadores de gasolina (y que decir de las ya conocidas “rendi-chicas”), a los valet parking en estacionamientos de establecimientos, a los empacadores en los supermercados, a los limpia-vidrios de los cruceros, a los “guardias de seguridad” en los estacionamientos públicos, los cuales entrecomillo para proceder a sugerir el término alterno de “viene viene” (derivado de su única función real), y (¡¡el colmo!!) a los “rellena-baches” de las calles menos agraciadas.

Hace ya un tiempo, un viernes por la noche, ya tarde, deliberamos ir a una -muy conocida- cervecería de Tijuana, siendo aclamados consumidores de su Schwarzbier, si, esa cervecita lager oscura con agradables tonos a café que desde la adolescencia consumimos hasta en barril para hacer uno que otro party en el patio de la “jefa”. Nos adentramos en el inmueble, con la sorpresa de que la planta baja ya estaba cerrada (¿en viernes a media noche?), para proceder -forzosamente- a la planta alta. Al subir las escaleras recordé el buen ambiente que solía tener en fin de semana dicho establecimiento, y que aunque nunca he sido fanático del pop en español (salvo uno que otro placer culposo), predominante en el lugar, el cotorreo en general era bueno, pues si no se reía uno de la introversión del solista acústico, era de los no-tan-experimentados usuarios del karaoke, además, ¡yo iba por la cheve! Triste, triste, fue la escena que tuvimos que presenciar: el lugar bastante solo, con solo tres seño… ¿ritas? (chavo-rrucas para acabar pronto), mal-entonadas y mal-encopadas, y bueno, procedimos a tomar mesa. Pedimos nuestra cerveza favorita, y ¡tómala! no tenían (mas bien no la tomé). ¿Pero cómo es posible? ¡Si a eso íbamos! Bueno, sucede, no es culpa del mesero, ordenamos otra variedad. Sin los clásicos totopos -cortesía de la casa-, nos dan un vasito tequilero con limones (que si no pedí una cheve clara no tengo idea para que me los sirven), y el colmo: ¡los limones ya chupados! (al fin que ni los iba a querer, ¿verdad?). En este punto es evidente comenzar a preguntarme si merecen su tan anhelada propina…

Un casual y frío sábado, con ganas de un antojito mexicano, nos adentramos en conocido restaurante cuyo nombre hace referencia a un parte (corporal) característica de un animal utilizado para el manjar mexicano llamado birria. Entramos al establecimiento ubicado frente al Auditorio de Tijuana (mas pistas no puedo dar), y en cuanto tomamos mesa, la mesera muy malencarada nos da el menú y “deja caer” de manera poco delicada la tabla de verduras. Al preguntarle sobre alguna peculiaridad del servido de un plato, muy desatenta nos dijo: “ahí está”, señalando al menú, molesta porque quizás para ella la obvia respuesta estaba frente a nuestras narices; y como no soy muy católico que digamos, me cuestioné: ¿que acaso ya es pecado apendejarse en algo tan vanal y preguntar para salir de la duda? Para acabar pronto, después de varias arritmias laborales, al pedirle la cuenta, la malencarada mujer suelta la cuenta en mi mesa, confeti tal cual, para lo que procedí a dejarle UN PESO de moneda nacional y un amable recado: “Si no te gusta tu trabajo, recuerda que aquí no estás obligada, y yo como cliente merezco respeto y buen trato porque mi consumo ayuda a pagar tu salario”. No me quedé a observar el gesto que habrá hecho al ver tan “jugosa” propina y tan verídico mensaje…

Para variar, llega el viernes, y aunque me encanta mi trabajo, la sed en mi garganta es mas evidente, y de vez en cuando (o séase cada fin de semana religiosamente) hay que proceder al des-estrés laboral a algún establecimiento. Llegamos en esta ocasión a un pequeño bar con forma (y nombre) de caja, que ya es conocido por ser buen proveedor de cervezas artesanales variadas, mas allá del consorcio “Cuauh-Mocte” que ofrece su tan insípido caldo de águila, en versión “roja” y “light”. Entramos a la cantina, medianamente llena, nos situamos en un costado de la barra, esperando, intentamos hacer contacto visual con el cantinero, y esperando, hicimos alguna seña (no obscena) y esperando y… ¡vayámonos! Si después de varios intentos fallidos pasan 10 minutos y no logras que te sirvan una helada, ¿es tu culpa? Como todos cometemos errores, damos segundas oportunidades; en esta ocasión el servicio fue aceptable, y como andábamos con visita DFeña y muy enfiestados, todo fue pasable. Ya con menos resentimiento, volvemos hace unos días, después de visitas previas a mesones similares, por una última cheve -como si fuera el tiro de gracia- y, faltando todavía 45 minutos para que el bar cerrara, nos bajamos del carro (estacionado a escasos metros de la entrada) y, que el mismísimo cantinero se acerca velozmente a la puerta para apagar un letrero promocional, haciendo alusión a un evidente “cierre de actividades”. No dice palabra alguna, a lo que procedo a interactuar por medio del habla (lo que la gente civilizada hace), preguntándole si el bar está todavía en funciones, para lo que me responde el joven que: “no, solo cerveza para llevar”. Considero que por cortesía (y mercadotecnia), ¡al cliente lo que pida! Y si al joven le quedaba duda alguna de que no pudiera sustraer de su fino vaso 355 mililitros de cebada fermentada en menos de 45 minutos, habría que informarle que desde hace ya bastantes años existe el “last call” (última llamada) para anunciar a los comensales que hay que levar anclas, o simplemente bastaba con que observara mi prominente abdomen para que dedujera porque 45 minutos es tiempo de sobra para una beer.

Así es, 3 representativas historias de desventura, de muchas mas. Pero también vale la pena mencionar que hemos tenido buenas y fortuitas experiencias con respecto a la atención y espíritu de servicio que ofrecen en algunos lugares: En el BCB Tasting Room, un mesero al vernos entrar nos pregunta: “¿lo mismo de siempre?” y procede a traernos dos cervezas Paulaner ¡bien frías! En el 1994 bar, nuestro bartender favorito no solo se limita a lo que uno le pide, sino que da recomendaciones, reseñas, es ameno y casual, y muy importante ¡sabe servir la cerveza! En fin, las dos caras de la moneda están evidenciadas; ahora si, a responder las preguntas iniciales, espero las recuerden (sino, claro, suban al texto).

*franciscana

*Cerveza Franziskaner Weissbier, rica alemana de trigo, consumida en el bar con forma (y nombre) de caja.

La página web visitmexico.com portal oficial de turismo en México, elaborada por el H. Gobierno Federal, en su apartado de Impuestos y Propinas nos marca que en el país “se acostumbra dejar una propina como agradecimiento a meseros, valets, despachadores de gasolina, botones y otros prestadores de servicios” Sugieren un 10% de la cuenta total y “si el servicio fue muy bueno, se puede dejar hasta un 15%”. Culmina la recomendación con la frase “no dejar propina está mal visto”.  Después de leer esto (y si estuviera en mi peso ideal) ¡casi brinco de mi asiento! ¿Me está indicando el Gobierno Federal que me van a estigmatizar si no dejo un 10% de propina con respecto a mi consumo total, sin hacer mención y por tanto no importar la calidad en el servicio? Porque claramente leí NO DEJAR PROPINA ESTÁ MAL VISTO. No solo siendo cuasi-reglamentario este gesto, si el empleado simplemente hizo bien su trabajo (de acuerdo al perfil de puesto, al código valoral de la empresa, al manual de Carreño y al sentido común), para no ser mal visto, tengo que dejar un 15% sobre el total de mi cuenta. Entiendo que el Gobierno en alianza con las empresas más prominentes de cada destino deseen promover el consumo y la preferencia de cada locación turística en nuestro país, pero ¿que no debería de ser también función de nuestro gobierno sugerir por lo menos (en contraparte a la casi obligatoriedad de propinas) guías y parámetros lógicos para estipular dichos gestos? Quizás si, quizás no. Mientras voto porque si se incluya información mas completa en un portal tan importante, también entiendo que la lógica y el sentido común recae en cada uno de nosotros. Naturalmente, no vas a dejar propina a un empleado que te ha tratado como no te mereces, no necesitas una página web, o una legislación para deducir eso. Sin embargo, el mensaje implícito que nos marca el pequeño texto de dicha página es preocupante, porque:

  1. Bajo ninguna circunstancia estoy obligado a dejar propina, es totalmente voluntaria y opcional, puesto que en mi consumo ya se me hace un cobro del IVA y el establecimiento es responsable del salario de la totalidad de sus empleados.
  2. Mientras la costumbre social es dejar propina en agradecimiento de un buen servicio, recuerden que es responsabilidad del empleado que nos atiende hacerlo con calidad, para eso le pagan, y si el empleador le condiciona el salario o se lo complementa con propinas (que no dependen de dicho empleador), el empleado está no solo siendo atropellado, sino aceptando dicho atropello. Como dato curioso: en 2007 Pedro Solbes, entonces Ministro de Economía de España afirmó que las propinas excesivas son un factor para el aumento de la inflación del país (¡gracias wikipedia!).
  3. Debemos ser muy cuidadosos a la hora de otorgar propinas, puesto que la implícita obligatoriedad ha diversificado la costumbre a todo tipo de tarea y con todo tipo de empleado, de manera que al rato no les extrañe ver un bote para “lo que guste cooperar” en mi escritorio, sugiriendo un premio o bono por parte de la necesitada población, solo por cumplir con mi trabajo y ser un ser un servidor público ejemplar.
  4. ¡Aguas! Muchos establecimientos de caché acostumbran incluir la propina en la cuenta, como una muy astuta “sugerencia”, y otros tantos de plano sin avisar te incluyen en la cuenta una cuota extra por el servicio.

Entonces, no quito el dedo del renglón, la propina es voluntaria, condicionada a un buen servicio y de acuerdo a las posibilidades de cada persona. En los lugares en los que el servicio se cobra aparte del consumo, pero se incluye en el total, si bien no vamos a cambiar ese procedimiento en dicho establecimiento (al menos no de manera inmediata), por lo menos exigir un servicio impecable, y hacer su (amable y diplomática) queja al supervisor, gerente o lo que se le parezca, si el trato no fue el esperado y merecido. Recuerden que si no exigimos nuestros derechos como consumidores, difícilmente serán respetados; o ¡a poco todos los establecimientos tienen su política de “si no te gusta no pagas”? No les haría nada de gracia. Usemos nuestra lógica para deducir si determinada tarea amerita un extra monetario, y no solo otorguemos propinas por costumbre (habitus robotus). En mi caso,  actualmente solo le doy propina a las personas de la tercera edad que empacan el mandado en cualquier supermercado, mis posibilidades ascienden a $5 pesos por visita. Claro, también dejo propina a meseros y cantineros que me provean de un servicio eficaz y agradable, en promedio de 8 a 10% sobre mi consumo total (¡hey! ¿mencioné que era servidor público?). Si existe el caso de que un mesero o cantinero me atienda de manera impecable y prácticamente excelente, hago un esfuerzo por hacérselo saber con mi agradecimiento, una generosa propina (de entre el 12 y el 16%) y sobre todo con recomendar y volver al establecimiento, pues ¿que mejor manera de demostrarle al empleado (y al empleador) que su servicio fue de primer nivel, que volviendo a consumir de manera paulatina o regular? El empleado conserva su empleo y su salario, y el empleador incrementas las posibilidades de prosperar su negocio. Conclusión: por favor, ¡no se callen! exijan un buen servicio, y no sean gachos, si el mesero ya se sabe su orden (y les sirvió mas cerveza que espuma), ¡incentivenlo dejándole una buena propina!

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About chrisrockerstar

Nacido en Ensenada, Baja California en 1983. Técnico en Electrónica Digital, Licenciado en Psicología, ESL Teacher y Profesional de Enseñanza Musical. Amante de la música, de los detalles, de la obsesivo-compulsión, de la lógica, de las cosas simples, de la sabiduría de la naturaleza, de mi mujer y de la existencia misma.

One response to “Propinas: voluntad o tradición”

  1. mOka says :

    Estoy totalmente de acuerdo con tu artículo de hoy y no solo por ser tu acompañante de aventuras durante ya casi 1 año 5 meses, sino porque considero que somos el tipo de cliente que tratamos bien a los meseros y cualquier otro que nos otorgue un servicio, casi casi como un “dando y dando” y no como un “sírveme que estás obligado”

    Felicidades!!!! ❤

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