Malintzin: ¿la madre de la frontera?

Malintzin o la “Malinche”, célebre personaje que ayudo a Hernán (o Fernando) Cortés a través de sus traducciones Náhuatl-Castellano para conllevar una relación un tanto diplomática entre el pueblo mexica y los españoles durante la conquista, es el adjetivo que comúnmente utilizamos para denominar a la persona que predominantemente prefiere lo extranjero que lo nacional, dándole un grado de menosprecio a su cultura de origen. Explicación derivada de mi reciente duda, una encrucijada que usted fino, apreciable y respetable lector, habrá de asistirme a resolver: ¿soy o no soy un malinchista?

Hace días, se nos ocurre cruzar la frontera de Tijuana hacia los Estados Unidos de América, pues había que comprar algunos artículos que (después del exorbitante 16% de I.V.A.) indiscutiblemente salen mucho mas baratos de aquel lado del cerco. Como cuando logramos estar en tierras gringas ya era de tarde, decidimos alimentarnos no-tan-sanamente antes de proceder a nuestras mínimas compras. Sinceramente, soy amante del pollo frito, y que mejor exponente que los pollos del K.F.C. tan cuestionados por los grupos veganos  por aquello de la ética sobre el trato que se le dan a las pobres gallinas que forman parte del producto principal de esta cadena de comida rápida. Bueno, sin entrar en tanto conflicto valoral, y prestando mas atención al gruñir de nuestras tripas, procedimos al establecimiento del “Kentucky” (como solemos decirle) mas cercano al rumbo que habíamos tomado, nada lejos de la frontera. En cuanto entramos, claramente se dio a notar lo sucio del lugar; por lo menos 4 de las mesas desocupadas lucían bastante desagradables e inclusive en una mesa una de las butacas estaba parcialmente fuera de servicio, con todo y su “amable” letrero de notificación. No importa. Hambre es hambre. El lugar estaba bastante concurrido, cosa que no nos había tocado presenciar en ocasiones anteriores, dedujimos que quizás era por la hora tardía de nuestra visita. Mientras ella se formaba para ordenar, yo, ni tarde ni perezoso,  aproveché para “apartar” mesa.

Es en esos momentos de ocio y espera que uno no solo se da la oportunidad de observar su entorno sino de reflexionar sobre el mismo, por lo que al mirar brevemente a mi alrededor me percato que una familia aplicó la misma técnica que yo, y mientras la mamá hacía fila para ordenar, la abuela, la hija adolescente y la hija menor se disponían a ocupar mesa. La abuela inmediatamente tomó lugar, pero la pequeña decidió sentarse en una mesa con un banco con asiento giratorio, y comenzó a girar y a gritar desmedidamente. Cuando la hija adolescente regresa del sanitario y se percata que la mesa que tomó la abuela estaba bastante sucia, le indica con tono mandón que deberían moverse a una mesa de butacas, a lo que la abuela le responde en el mismo tono que no hay mas mesas disponibles, sin darse cuenta que se acababa de desocupar una. Proceden a cambiarse de mesa, pero la pequeña comienza a renegar y a quejarse tan explícitamente como es posible que no desea abandonar la mesa en la que ella se encuentra. Sin chistar, la hermana adolescente (con el colmillo por delante) se dirige con mamá para notificarle de la conducta inapropiada de su hermanita. Cuando mamá cuervo llega con la comida a la mesa y le es imposible ignorar los estruendosos gritos de la chamaca, le llama inquisitivamente y mientras la niña reniega (nada tonta) se baja del banco y se acerca a la mesa.  Cuando la berrieta de la pequeña es insoportable para la madre (o séase 5 segundos después), la mamá con una evidente cara de “no me estés chingando” le dice: “bueno, si tu te quieres sentar ahí, siéntate ahí y come”. Paréntesis: ¿mencioné que estoy 99.99 % seguro que esta familia era de origen mexicano y muy probablemente viven en Tijuana?

Total, llega ella con la (grasienta) sucu-lenta orden en la nota, y cuando le pregunto que porque tardó tanto en ordenar me comenta que el empleado o estaba en capacitación, o tenía un leve retraso. Para variar y no perder la costumbre, creí que era una exageración y cuando por fin la orden está lista paso por ella al mostrador con nota en mano, el mismo joven mira la nota sin saber que hacer ni porque motivo yo se la estoy mostrando. Me pregunta que si mi orden es la 03 a lo que le acerco todavía mas la nota, por fin capta y me entrega la charola con mi orden. Bueno, tengo que pedirle platos. Me los proporciona. ¡Tengo que pedirle tenedores! ¿Les soy sincero? Me como el pollo frito con las manos, también el biscuit, pero, ¿el puré y la ensalada? ¡No! …Y claro, el joven empleado era latino (por no decir mexicano).

En fin, nos decidimos a disfrutar de los sagrados alimentos cual caballo con anteojeras, es decir, sin mirar para ningún lado. Al terminar observamos a otra familia cuyo varón con rasgos típicos del noroeste de México era fielmente seguido por dos mujeres, una con un infante en  brazos, de las cuales nunca pude deducir quien era su mujer y quien no. O quizás simplemente yo como un mortal monógamo no quise aceptar el hecho de que las dos damas eran sus mujeres. Cuando se disponían a retirarse, el hombre se decide a hacer una llamada telefónica, con ganas de compartir sus comentarios con todo el establecimiento, puntualizando con frases y términos muy específicos como “arre”, “arremangar” y “fierro”, entre otros mas que escapan mi mente. El tipo conversaba orgullosamente a alto volumen mientras se desplazaba por los pasillos del pequeño inmueble como un pavorreal presumiendo su bello y fino plumaje. Al pasar cerca de la mesa en que nos encontrábamos pude observarlo mas de cerca y notar que traía una gorra, mas no una gorra cualquiera. En la parte superior de su gorra, esta traía en forma de corte mohicano (mohawk) una serie de pequeños focos (LEDs) que encendían en tonos azules y morados. ¡Adivinó usted! El don juan (y su pequeño harem) seguramente venían de México.

Después de todo lo observado, y no sin antes agregar que en mi vista al sanitario, lo encontré en muy mal estado (y que claro, he visto peores); concluimos que para la siguiente ocasión preferiríamos ir a otro establecimiento similar, unas millas mas alejado de la frontera. En mi defensa tengo que argumentar que soy mexicano, me inclino por muchos aspectos de mi cultura, como el arte, la artesanía, la gastronomía y hasta ser turista en mi estado; y siempre he hecho lo posible no solo por respetar los derechos de todos nosotros sino por transmitir este precepto básico a los que me rodean; pero también admito que existen muchas costumbres y tradiciones, en mi humilde opinión muy arcaicas, que nos preservan en un letargo anti-evolucionista. Es bien sabido que los extranjeros comúnmente nos contextualizan como flojos, sucios, poco educados y borrachos; con esa imagen del hombre de baja estatura y tez morena, bigotón con sombrero ancho, sarape y huaraches, montando un burro, con la botella de tequila en una mano, y el taco en la otra, en un escenario desértico. Y digo yo, generalizar comúnmente es cometer un error, pues ya somos muchos en este país y este es muy variado, pero ¿de quien es mas grande el error? ¿de quien nos contextualiza de dicha manera? ¿o de nuestro propio pueblo que ha forjado esa imagen y la ha reafirmado durante tanto tiempo? Por favor, ¡que alguien me aclare si soy o no soy un malinchista!

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About chrisrockerstar

Nacido en Ensenada, Baja California en 1983. Técnico en Electrónica Digital, Licenciado en Psicología, ESL Teacher y Profesional de Enseñanza Musical. Amante de la música, de los detalles, de la obsesivo-compulsión, de la lógica, de las cosas simples, de la sabiduría de la naturaleza, de mi mujer y de la existencia misma.

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